Ante la inminente caída de Jerusalén y de los pueblos de Judá, Zedequías el rey, quién en vano estaba tratando de resistir el asedio de Babilonia, hace un pacto con las personas que aún permanecían en la ciudad. El pacto consistía en dejar en libertad a los esclavos y esclavas, a aquellos que por algún motivo fueron sometidos a servidumbre. No es muy claro por qué se realiza el pacto. Zedequías hace que parezca una especie de año de jubileo como lo requería la Torá. Pero, después se hace evidente que Zedequías está usando promesas hechas al pueblo para sacar ventaja, quizás a nivel militar, o para que la gente no huya de la ciudad, indicando simbólicamente que el pueblo se ha rendido.
Lo que esclarece el texto en Jeremías 34 es que la promesa —el pacto de los gobernantes (reyes, príncipes, oficiales, sacerdotes) con el pueblo— fue realizada por intereses personales, y que en el momento en que el acuerdo no le convino a los dirigentes, se arrepintieron de su compromiso. En otras palabras, las personas ocupando posiciones de gobierno o autoridad, echaron mano a prácticas estipuladas en el pacto de Dios con su pueblo, para manipular a la gente. Los funcionarios a cargo emplearon un decreto religioso-legal, es más, practicaron ritos y ceremonias de derramamiento de sangre para formalizar la promesa (v. 18-19), pero no lo hicieron por compromiso con Dios o con el pueblo, sino como instrumento de manipulación social.
Usar los aparatos y mecanismos “legales” y “religiosos” sin intención de hacer justicia, es abuso. Cuando las autoridades usan los ritos y las ceremonias religiosas, hay que tener cuidado. Es posible que no estén siendo ejemplos de fidelidad a la ley de Dios, sino buscando apoyo ideológico, jugando el juego del ‘discurso político’: (1) “yo prometo darle al pueblo lo que necesita”, (2) el pueblo me va a respaldar, y entonces (3) “yo me olvido de la promesa, ya que, desafortunadamente, no pudimos hacer lo que queríamos hacer… pero lo intentamos”.
Si los encargados hubieran cumplido su pacto, en honor al decreto de libertad que YHWH estipuló cuando sacó al pueblo de Egipto, entonces su acto hubiese sido considerado como un acto de adoración; ¡un acto de justicia! (v. 15). Pero la promesa fue rota, y por lo tanto el acto fue considerado una profanación al nombre de YHWH (v. 16-20).
YHWH aborrece el juego de aquellos que buscan llenar a la gente con sueños y promesas de libertad, cuando en realidad lo que quieren es que la gente siga siendo esclavizada a situaciones que favorecen a los que están a cargo. La injusticia de reyes, príncipes, oficiales, gobernantes, sacerdotes, religiosos, etc., es intolerable. Desafortunadamente, hasta el día de hoy, los dominadores siguen jugando ese juego. Pero el día de YHWH, que es verdadera libertad al cautivo, es también el día de juicio para todos los que han abusado de su autoridad.