En el capítulo 21 de Jeremías, vemos una vez más a los sacerdotes consultando con el profeta, pero esta vez en nombre del rey.

— ¿Será que YHWH nos entregará en manos del rey de Babilonia? ¿Cómo es posible?

La caída de Jerusalén era inminente, y la única forma de que el pueblo pudiera salvar sus vidas era aceptando la cautividad. Resistir conllevaría a la muerte. YHWH iba a permitir que el mal generado por la falta de atención del pueblo se convirtiera en el principio entrópico que llevaría al caos y a la destrucción.

En el versículo 12, YHWH le reclama a la casa de David, pidiéndole que haga justicia o que ejecute un juicio (mishpat). El juicio es necesario porque existen dos tipos de personas: los opresores (ashaq), que son los explotadores que abusan del poder para aprovecharse de los más vulnerables, y los oprimidos (gazal), que son aquellos a quienes se les ha robado o han sido desposeídos por la fuerza.

Es importante notar la ironía. El pueblo toleró la injusticia, permitiendo que los corruptos abusaran de los desprotegidos, expropiándolos y despojándolos. Como consecuencia, el mismo tipo de mal los visitaría: Nabucodonosor, rey de Babilonia, los exiliaría y tomaría lo que antes era suyo.

No es que YHWH esté conforme con el maltrato a Israel de parte de Babilonia. Pero tampoco está conforme con el maltrato de Israel a sus más vulnerables. La ira de Dios es contra la injusticia. El castigo, como indica el versículo 14, es conforme al fruto de las obras del pueblo en su conjunto.

Reflexión: 
En nuestra cultura eclesial moderna, se pone mucho énfasis en la ética individual, destacando el comportamiento o la conducta de una persona. Sin embargo, la noción de justicia (mishpat) es un concepto relacional. Más allá de cómo se comporta una persona, mishpat se centra en cómo se relaciona una comunidad. Cuando los poderosos manipulan las reglas para su propio beneficio, aprovechándose de los vulnerables, no necesariamente infringen las reglas; aparentan no haber hecho nada ‘legalmente’ incorrecto. Pero la justicia de Dios no es un juego de cómo utilizar los sistemas para obtener ventaja sobre los demás, sino un pacto de convivencia en el que no se toleran los sistemas que roban y despojan al prójimo. Dios se interesa por el fruto de nuestras obras, no solo como individuos, sino especialmente en la manera en que procuramos justicia para los oprimidos.

Es curioso que en esta historia los sacerdotes actúen como emisarios del rey. Tal vez no solo los políticos, sino también los religiosos, en confabulación, han ignorado que la amenaza más grave no es externa —‘la Babilonia de afuera’—, sino interna: la sutil omnipresencia de la opresión intercomunal.

La amenaza más grave no es externa —‘la Babilonia de afuera’—, sino interna: ‘la sutil omnipresencia de la opresión intercomunal’.